Sismo a 10.682 kilómetros de Concepción
A eso de las 10:30 (6:30 hora de Chile) suena el celular. No lo contesté y ni uno de los tres intentos por levantarme. A las 13:40 llama la mamá de mi polola, yo estaba con ella. Le pregunta que cómo está mi familia y esas cosas. No entendíamos nada, hasta que nos cuenta del terremoto que había azotado a mi país y que, ya a esa hora, era el titular que inundaba toda la prensa española. Si estaba en portada de todo los noticieros acá, debía haber sido muy fuerte porque en general no nos pescan mucho. Ahí me asusté.
Obviamente las líneas no funcionaban y por más que trataba de colarme entre alguna de las pocas veces que estas llamadas conectan, no podía. La angustia aumentaba cuando llegaban las primeras imágenes y más al saber que había sido de 8.8 grados con epicentro en Concepción. Ya era urgente la necesidad de saber tanto de los míos, como de los otros 16 millones de afectados compatriotas.
Y me conecté. Como ya muchos, comencé a alucinar con el flujo de información que viaja vía Twittery Facebook. En un chasquido de dedos, se había montado una campaña “cibersolidaria” con comentarios del corte “Necesito saber algo de la familia Ruiz Acevedo de Talcahuano” y los primeros informes oficiales de víctimas, que tardaron solo un día en multiplicarse por 10.
Pero la sensación era extraña y muy incómoda. Era como ver una película en tiempo real y no poder interferir en nada, era sólo un espectador, a la espera de ver cómo pasaban y pasaban cosas y ni siquiera tenía información de mi familia. Las líneas aun no funcionaban y recién comenzaban a conectarse mis primeros amigos en Chile. Y comenzaban a ofrecerse poco a poco los primeros voluntarios para llamar a desconocidos, impulsados por una inercia que llevaría a formar grupos, foros, cadenas y un bombardeo constante a las redes sociales, convirtiéndose en la fuente de información principal, incluso para los medios. Le pedí a un amigo que llamase a mi hermana y me tranquilicé al saber que todos los míos estaban bien. Todo esto me llevó casi 2 horas desde que me había enterado y con los servicios allá cortados.
Después vino la dosis de información y la terapia de reflexión. Asumir la cagada que había quedado en mi país, lo revolucionado que estaba todo y, sin embargo, yo dormía. Y aunque ahora ya estaba informado, seguía en la comodidad de una casa, donde todo estaba tranquilo, mientras la gente seguía corriendo, llorando y emocionándose en Chile.
Me lo había perdido y ahora lo lamentaba. De a poco me iba sintiendo obsoleto y desplazado por una realidad que no era mía (al menos eso creía) y comenzaba a sentir que me había perdido algo que, de una u otra forma, marcaría a toda una nación e iba a ser tema por años. Después note que yo, y miles de chilenos en el exterior, sí estaba jugando uno de los muchos papeles que este momento histórico les había dado a los chilenos. Éramos la otra mirada, espectadores impotentes, víctimas pasivas, capaces de contar la historia de este terremoto, desde una perspectiva global-emocional y con un fuerte sentimiento de admiración a los millones de compatriotas que siguen trabajando, ayudando y sufriendo.

1 comentario:
He leído nuevamente el texto y me emociona mucha. Es extraño el no vivir una pesadilla tan tragica y sin embargo tembién sentir que te has perdido de algo importante.
Bueno esos se explica con la solidaridad y grandesa de espíritu que tienes.
Un abraso y un beso.
MVB
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