Share |

25 marzo 2010

El juego de la fe
La Iglesia pide perdón y nos hacemos los difíciles


A la Iglesia le dio ahora por pedir disculpas. Reflexiones que salen a flote por culpa de los últimos hechos que involucran a curas que abusaron de niños en Irlanda y Alemania, que en ningún caso son noticia... pues ya lo sospechábamos. Y no es que como sociedad estemos siendo prejuiciosos, ni tengamos arrebatos de enfado con la decaía institución, sino más bien estamos curados de espanto entre tanto notición acerca de los abusos de tal y cual clérigo. 
Pero no nos cansamos de escuchar y seguir acopiando información; formando criterio y desarrollando nuestras propias conclusiones de lo que pasa en este mundo. Y mientras las cartas oficiales tipo "comunicado de prensa" que circulan entre obispados  y medios de distinta índole saturan los titulares del día, los perdones y arrepentimientos son el pan que dan de comer a los reporteros.
Pero entre tanta saturación de excusas, comienzan a sobresalir atractivas interrogantes, como ¿por qué exigimos explicaciones a la institución cuando se trata de la Iglesia, pero no lo hacemos con otros organismos? o simplemente ¿por qué pedimos explicaciones?...





¿De quién es la culpa?


Obviamente del abusador. Pero como sociedad nos gusta ir más allá y queremos que caigan los grandes; ya no nos conformamos con el simple pecador. Así llegan quienes piden la cabeza de la institución y no se cansaran hasta ver a un episcopal con los pantalones bajados... bueno, la sotana. Pero, quizá la culpa no es solo de ellos (al menos no del todo), y con algo contribuimos  como sociedad en hacer que la frustración y el rechazo sea más grande de lo normal.
  
Porque todo pasa por un asunto de confianza. Nosotros elevamos a pseudosantos a estas personas y ahora nos duele en el culo ver como toquetean y destruyen la inocencia de nuestros hijos... o destruyeron la de nuestros padres. Nos irrita tanto que la Iglesia Católica tape y disculpe escándalos porque sentimos que nos metió la mano al bolsillo, nos robó horas y horas de nuestras vidas dándole formato. Pero lo que es peor aún, el ridículo contraste que se da entre el esfuerzo que hacen ellos por generar doctrina a pulso de campañas moralistas, y las atrocidades que suceden tras los muros que sujetan una cruz. Campañas pagadas por las donaciones de creyentes; una institución sustentada por la confianza y que hoy debe dar explicaciones. 
Quizá la culpa es un poco nuestra al pensar que ellos serían diferentes al resto. Nos dejamos llevar por el encanto de lo divino y regalamos confianza a destajo a algunos, que estaban igual de gangrenados que nosotros o incluso más... Creímos que podían ser especiales, porque ellos mismos nos decían que lo eran. La culpa es nuestra por creerles.


Cuando hoy la Iglesia se atreva a bajarle el perfil a la situación y compararse con otras instituciones argumentando que son hombres y pueden equivocarse, hay que hacer una pausa y recordar que les llamamos "santos" cuando hacen algo bueno, así que ahora es normal que  los tildemos de demonios.





No hay comentarios.: